Introducción

Durante más de dos siglos, la prensa ocupó en solitario el lugar del “cuarto poder”: el contrapeso no institucional capaz de vigilar al Legislativo, al Ejecutivo y al Judicial. En España, ese papel se consolidó tarde tras décadas de censura franquista, pero con fuerza, convirtiéndose en un actor decisivo de la Transición y de la democracia posterior. Sin embargo, en las dos últimas décadas ha emergido un actor nuevo que compite, y en muchos terrenos supera, a la prensa tradicional en capacidad de movilización: las redes sociales y sus figuras más influyentes, los llamados “influencers”. A este nuevo actor lo llamaremos aquí el “quinto poder”. Este ensayo repasa la evolución del cuarto poder en el clima político español, analiza el ascenso del quinto poder, ofrece una valoración subjetiva sobre cuál tiene hoy más capacidad real de transformar sociedades y derribar gobiernos, señala las obras teóricas que sustentan ambos fenómenos y cierra con ejemplos prácticos del siglo XXI.
El cuarto poder en España: de la Transición a la crisis de confianza
La prensa española moderna nace políticamente comprometida con la democratización del país. Cabeceras como El País (1976) se fundaron explícitamente como instrumentos de modernización y apertura, mientras que otras, como ABC o La Vanguardia, venían de una trayectoria más larga y conservadora. Durante los años ochenta y noventa, el periodismo de investigación tuvo un peso extraordinario: los casos GAL, Filesa o los escándalos de corrupción del felipismo mostraron a una prensa capaz de desgastar gobiernos y precipitar alternancias políticas. Ese fue, probablemente, el punto álgido del cuarto poder español: una prensa con audiencias masivas, sin competencia digital, y con capacidad casi monopolística para fijar la agenda pública.
A partir de los 2000 comienza un declive estructural. Tres fenómenos lo explican:
1. La polarización y la pérdida de independencia percibida. Los grandes grupos de comunicación fueron quedando asociados a bloques ideológicos o a intereses empresariales concretos, lo que erosionó la confianza ciudadana en su neutralidad.
2. La crisis económica del sector. La caída de la publicidad impresa y la migración del gasto publicitario hacia plataformas digitales debilitaron financieramente a los medios tradicionales, reduciendo redacciones y capacidad de investigación.
3. La irrupción de internet y las redes sociales, que rompieron el monopolio de la prensa sobre la distribución de la información.
El 15-M de 2011 marca un punto de inflexión simbólico: un movimiento social de gran escala que se organizó y difundió en gran medida al margen de los medios tradicionales, apoyándose en Twitter y en redes horizontales de activistas. Fue una de las primeras señales claras, en España, de que el monopolio informativo de la prensa se había roto.
El quinto poder: redes sociales e influencers
Si el cuarto poder se apoyó en la credibilidad institucional y en el acceso privilegiado a la información, el quinto poder se apoya en otra cosa: la cercanía, la autenticidad percibida y el acceso directo y sin intermediarios a audiencias masivas, especialmente jóvenes. En España este fenómeno tiene protagonistas muy concretos: Ibai Llanos, AuronPlay, el Rubius o Grefg en el terreno del entretenimiento; cuentas de TikTok e Instagram en el terreno de la opinión política más o menos explícita; y estrategias digitales deliberadas por parte de partidos políticos.
El caso de Vox es paradigmático. Ante su distancia con buena parte de los medios generalistas, el partido ha construido de forma consciente una red de youtubers y creadores de contenido afines, apostando fuerte por YouTube, Instagram y TikTok como canales para llegar a un público joven sin depender de la prensa tradicional. Su dirección de comunicación ha llegado a pedir explícitamente a sus afiliados una “unidad digital” para disputar el relato en redes, describiendo ese terreno como el único en el que consideran que pueden ganar la batalla comunicativa.
Pero el quinto poder no es solo un instrumento partidista: también ha capturado a los propios gobiernos. El hecho de que un presidente del Gobierno como Pedro Sánchez felicitara públicamente a Ibai Llanos por una emisión en Twitch, o que años después el propio streamer se convirtiera en un actor mediático cuyas opiniones sobre resultados electorales eran recogidas y comentadas por deportistas, políticos y periodistas, ilustra hasta qué punto el eje de la conversación pública se ha desplazado.
Valoración subjetiva: ¿quién tiene hoy más poder real?
Esta es, inevitablemente, una valoración interpretativa y no un hecho demostrado estadísticamente, pero puede argumentarse con bastante solidez:
En capacidad de derribar gobiernos concretos, el cuarto poder conserva una ventaja institucional. La investigación periodística clásica documentos, fuentes, comprobación de hechos sigue siendo la herramienta que destapa tramas de corrupción, filtra papeles comprometedores o saca a la luz irregularidades con consecuencias judiciales. Un influencer puede amplificar un escándalo, pero rara vez lo descubre; normalmente lo recoge de una investigación previa de un medio.
En capacidad de moldear el pensamiento y el comportamiento cotidiano de la sociedad, el quinto poder ya ha adelantado al cuarto. Las redes sociales determinan qué temas entran en la conversación pública, en qué términos se discuten y con qué velocidad se polarizan. Los algoritmos deciden qué ve cada persona, reforzando cámaras de eco que ninguna redacción periodística puede igualar en escala ni en personalización. Además, el quinto poder tiene una ventaja que el cuarto nunca tuvo: la sensación de cercanía y autenticidad. Un influencer no se percibe como una institución con intereses, sino como “alguien como yo”, lo que le otorga una credibilidad emocional que la prensa institucional ha ido perdiendo.
Mi valoración es que el liderazgo global de la agenda pública y del comportamiento social ya pertenece al quinto poder, mientras que el cuarto poder conserva un papel de retaguardia imprescindible: sin periodismo de investigación no hay materia prima que las redes puedan viralizar, pero sin redes esa materia prima ya no llega, ni con la misma fuerza, a la mayoría de la población, especialmente a la más joven.
Los libros que sustentan ambos poderes
Sobre el cuarto poder y la opinión pública:
• Public Opinion (1922), de Walter Lippmann, el texto fundacional sobre cómo se construye la opinión pública a través de los medios.
• Manufacturing Consent (1988), de Edward S. Herman y Noam Chomsky, el “modelo de propaganda” sobre cómo los intereses económicos moldean la agenda mediática.
• Sobre la televisión (1996), de Pierre Bourdieu, una crítica sociológica de la lógica del espectáculo en el periodismo televisivo.
• Understanding Media (1964), de Marshall McLuhan, el origen de la idea de que “el medio es el mensaje”, esencial para entender cómo el formato condiciona el contenido.
Sobre el quinto poder, las redes y los algoritmos:
• The Age of Surveillance Capitalism (2019), de Shoshana Zuboff, el análisis más citado sobre cómo las plataformas convierten la atención humana en un recurso económico y político.
• #Republic (2017), de Cass Sunstein, sobre la fragmentación de la esfera pública en burbujas informativas.
• En el enjambre (2013), de Byung-Chul Han, una reflexión filosófica breve pero influyente sobre cómo las redes transforman la comunicación y el poder.
• The Attention Merchants (2016), de Tim Wu, una historia de cómo la atención se convirtió en la mercancía central de los medios, incluidos los digitales.
Ejemplos prácticos del siglo XXI
• 15-M (España, 2011): organización y difusión de un movimiento social masivo casi al margen de los grandes medios, usando Twitter como herramienta central de convocatoria.
• Primaveras árabes (2010-2012): Facebook y Twitter como herramientas de coordinación de protestas que derribaron gobiernos en Túnez y Egipto, mostrando por primera vez a escala global el potencial disruptivo de las redes frente a regímenes establecidos.
• Brexit y Cambridge Analytica (Reino Unido, 2016): el uso de datos personales en redes sociales para microsegmentar mensajes políticos, con un impacto que sigue siendo objeto de debate pero que evidenció el poder persuasivo de la publicidad digital dirigida.
• Donald Trump y Twitter (EE. UU., 2016-2021): un presidente que gobernó buena parte de su comunicación pública prescindiendo casi por completo de la prensa tradicional como intermediaria.
• Estrategia digital de Vox (España, 2020-2025): construcción deliberada de una red de creadores afines en YouTube, Instagram y TikTok para sustituir la cobertura de medios generalistas de los que el partido se siente alejado.
• Ibai Llanos y la política española: desde el saludo público de Pedro Sánchez en Twitter hasta la relevancia que adquieren sus comentarios sobre resultados electorales, un streamer sin cargo ni credencial periodística se ha convertido en un actor cuya opinión se comenta en la conversación política nacional.
• El caso Chiara Ferragni (Italia, 2023-2024): el ejemplo inverso, y también revelador: una influencer con enorme poder de prescripción de consumo vio desplomarse su credibilidad y su negocio tras un escándalo de marketing engañoso, mostrando que el quinto poder, pese a su fuerza, sigue siendo vulnerable a mecanismos de rendición de cuentas cuando la prensa tradicional investiga y documenta los hechos.
Conclusión El cuarto poder español ha pasado de ser un actor casi hegemónico en la Transición a compartir el terreno, y en muchos aspectos a ceder protagonismo, ante un quinto poder disperso, veloz y emocionalmente cercano a la ciudadanía. Ninguno de los dos puede hoy prescindir del otro: la prensa necesita las redes para amplificar su trabajo y llegar a audiencias jóvenes; las redes necesitan, en última instancia, el trabajo de verificación e investigación que solo el periodismo profesional sigue siendo capaz de sostener con garantías. El poder de “levantar y derrocar imperios” y hoy, gobiernos ya no reside en un único actor, sino en la intersección cada vez más estrecha entre ambos
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