Demasiado mayores para contratar, demasiado jóvenes para jubilarse: trabajar después de los 50 en la era de la IA

Profesional de más de 50 años con un portátil y un cuaderno en un almacén de recambios.

Trabajar después de los 50 en la era de la inteligencia artificial

España necesita aprovechar la experiencia de sus trabajadores mientras transforma su economía. Sin embargo, prolongar la vida laboral exige algo más que pedir a las personas que se adapten: requiere empresas dispuestas a contratarlas, formación accesible y puestos en los que puedan seguir aportando. La inteligencia artificial puede ayudar en esa transición, pero también puede ampliar la distancia entre quienes reciben oportunidades y quienes quedan fuera.

Tengo 52 años y trabajo en compras, postventa y gestión de almacén de recambios. En ese entorno conviven el conocimiento del producto, las urgencias del cliente, las decisiones de aprovisionamiento y las herramientas digitales. Utilizo ERP e inteligencia artificial, y esa combinación me lleva a mirar con especial atención una pregunta: ¿por qué seguimos asociando con tanta facilidad la innovación a una edad determinada?

Mi experiencia no representa a todos los trabajadores de mi generación. Tampoco convierte la edad en una garantía de competencia. Sí me permite cuestionar una simplificación: que alguien lleve muchos años trabajando no significa que haya dejado de aprender. Del mismo modo, dominar una aplicación reciente no asegura que se comprendan las consecuencias de utilizarla en una empresa.

Este artículo parte de esa distinción. No pretendo enfrentar generaciones ni idealizar el pasado. Me interesa examinar qué ocurre cuando una persona todavía tiene capacidad, necesidad y voluntad de trabajar, pero empieza a percibir que el mercado la considera cercana a la salida. Y qué deberíamos cambiar para que la transformación tecnológica amplíe sus posibilidades.

Un mercado laboral que mejora puede seguir dejando personas atrás

La Encuesta de Población Activa del segundo trimestre de 2026 situó el empleo en España en 22.779.000 personas y la tasa de paro en el 9,87 %. Son cifras del conjunto del mercado laboral, no de los mayores de 50 años. Conviene reconocer esa mejora sin atribuirle una capacidad explicativa que no tiene: una media nacional no describe la dificultad de cada colectivo para encontrar trabajo. [1]

El contexto europeo tampoco permite hablar de una desaparición general del empleo. Eurostat situó la tasa de empleo de la población de 20 a 64 años de la Unión Europea en el 76,1 % en 2025, el máximo de su serie iniciada en 2009. Esta tasa mide la proporción de personas ocupadas dentro de ese grupo de población; no equivale a la tasa de paro. [2]

La pregunta relevante aparece un nivel más abajo: ¿quién encuentra un nuevo puesto, cuánto tarda y en qué condiciones? Conservar un empleo durante veinte años y buscar otro después de perderlo son situaciones distintas. Una trayectoria estable puede ofrecer protección mientras continúa la relación laboral, pero no garantiza una transición sencilla cuando esta termina.

La OCDE señaló en su estudio económico de España de 2025 que los trabajadores de más edad afrontan periodos de desempleo más prolongados, aunque sus tasas de paro no necesariamente sean muy diferentes de las de otros grupos. También identificó barreras asociadas a percepciones empresariales sobre su productividad y adaptación tecnológica. [3]

Por eso debemos evitar mezclar estadísticas de mayores de 45, mayores de 50 y personas de 55 a 64 años como si describieran exactamente la misma realidad. Tampoco toda persona sin empleo está contabilizada como parada: la inactividad es otra categoría. Un análisis serio necesita conservar esas diferencias, especialmente cuando se habla de quienes han dejado de buscar.

La edad como atajo para juzgar capacidades

El edadismo laboral aparece cuando la edad sustituye a la evaluación de una persona. Puede expresarse como rechazo abierto, pero también como una suposición que nadie comprueba: que un candidato no aceptará cambios, que tendrá dificultades con el software o que resultará demasiado caro. Lo decisivo es que la conclusión llegue antes que la prueba.

Una empresa tiene razones legítimas para valorar competencias, disponibilidad, exigencias físicas y expectativas salariales. Necesita saber si una incorporación encaja en el trabajo que ofrece. El problema comienza cuando deduce esas respuestas a partir del año de nacimiento, sin preguntar ni evaluar lo que realmente necesita.

Pensemos en una selección para compras. Resulta razonable comprobar si el candidato sabe interpretar un histórico de ventas, manejar el sistema de gestión y negociar condiciones. Resulta mucho menos útil decidir de antemano que una persona de 53 años será lenta con los datos y otra de 28 aprenderá sin dificultad. Ambas afirmaciones requieren evidencias.

También debemos ser prudentes al interpretar un rechazo individual. No recibir una llamada no demuestra, por sí solo, discriminación por edad. Puede haber otros candidatos, una vacante cancelada o requisitos que no conocemos. Esa cautela no elimina el problema; obliga a investigarlo con métodos mejores que la anécdota y a revisar los procesos de selección.

Mi propuesta es sencilla: antes de hablar de perfiles demasiado mayores o demasiado jóvenes, definamos qué debe saber hacer alguien y cómo vamos a comprobarlo. Una prueba breve y relacionada con el puesto dice más que un estereotipo. Además, permite que la empresa explique su decisión con criterios comprensibles.

La experiencia solo cuenta si sabemos reconocerla

En un almacén, parte del trabajo valioso consiste en evitar errores. Una compra que no se hace porque la demanda no la justifica. Una incompatibilidad detectada antes de enviar la pieza. Una devolución documentada correctamente para que pueda resolverse. Son resultados menos vistosos que una gran venta, pero pueden proteger tiempo, dinero y confianza.

Ese conocimiento no siempre queda bien descrito en un currículum. Enumerar años de servicio o funciones genéricas explica dónde estuvo alguien, pero no necesariamente qué aprendió. Por eso conviene traducir la experiencia en decisiones: qué problema se detectó, cómo se actuó y qué resultado se pudo comprobar.

Esto exige honestidad. Si no se midió una mejora, no corresponde inventar un porcentaje para que la trayectoria parezca más atractiva. Podemos explicar un procedimiento implantado, una responsabilidad asumida o una incidencia resuelta sin atribuirnos ahorros imaginarios. La credibilidad profesional también depende de conocer los límites de lo que afirmamos.

La antigüedad, por su parte, no debería servir de refugio contra cualquier revisión. Haber hecho algo durante décadas puede significar que se domina, pero también que lleva demasiado tiempo sin cuestionarse. Defender a los trabajadores experimentados exige aceptar la evaluación de sus competencias actuales y ofrecer medios para actualizarlas.

El criterio que propongo vale para todas las edades: reconocer lo que una persona sabe aportar hoy, valorar su capacidad de aprendizaje y observar cómo trabaja con otros. La experiencia gana fuerza cuando puede explicarse, compartirse y ponerse a prueba.

La IA puede ampliar las oportunidades o repartirlas peor

La llegada de la inteligencia artificial introduce una exigencia adicional en ese debate. Para alguien que intenta conservar su empleo o cambiar de sector, puede parecer otra frontera que debe cruzar deprisa. Sin embargo, presentar la IA como una sentencia automática contra los trabajadores mayores simplifica una transformación que depende de tareas, empresas y decisiones organizativas.

Un estudio de la OCDE publicado en 2024 advirtió de un riesgo específico: que los trabajadores de más edad tengan menor acceso a oportunidades laborales vinculadas a la IA y a herramientas capaces de mejorar su productividad. Su conclusión apunta a la distribución de oportunidades, no a una incapacidad inherente a la edad. [4]

La diferencia es fundamental. Si una empresa introduce una herramienta y solo forma a una parte del equipo, la desigualdad posterior no puede atribuirse sin más a las capacidades individuales. También habrá que examinar quién recibió acceso, acompañamiento y tiempo para practicar.

En compras y postventa, una IA puede ayudar a estructurar un informe, preparar una comparación o convertir unas notas dispersas en un procedimiento. Pero su utilidad exige revisar el resultado. Una propuesta aparentemente coherente puede apoyarse en datos incompletos, interpretar mal una columna o pasar por alto una condición comercial.

Quien conoce la operativa dispone de preguntas que la herramienta no necesariamente formulará por sí sola. ¿Ese consumo fue excepcional? ¿La referencia se sustituyó? ¿Hay un pedido pendiente que altera la necesidad? ¿La devolución se aceptará en las condiciones planteadas? Combinar esas preguntas con capacidad digital constituye una posibilidad de desarrollo profesional, no una garantía automática de empleo.

En mi reflexión sobre la IA y el riesgo de olvidar cómo hacemos nuestro trabajo planteaba la importancia de conservar el criterio. Aquí la cuestión complementaria es quién tendrá la oportunidad de aprender a utilizar esas herramientas sin perderlo.

Formarse requiere tiempo y condiciones

La recomendación de seguir aprendiendo es razonable. Se vuelve insuficiente cuando se formula como si todas las personas dispusieran de las mismas condiciones para hacerlo. Una jornada exigente, los desplazamientos o las responsabilidades de cuidado pueden dificultar la formación. No conviene convertir cada dificultad de acceso en una falta de interés.

El estudio de la OCDE sobre España de 2025 recogió una participación anual en formación no formal del 27 % entre trabajadores de 55 a 65 años, frente al 32 % de media de la organización. Es una referencia de ese informe y de ese grupo de edad, no una medición de todos los mayores de 50 en septiembre de 2026. [3]

A partir de ese diagnóstico, propongo pensar la formación como parte del trabajo. Si una empresa necesita que su plantilla utilice un nuevo sistema, debería concretar qué tareas van a cambiar, qué conocimientos faltan y cuándo podrá aprenderlos cada persona. Enviar un enlace a un curso no resuelve por sí solo esas preguntas.

Para alguien que trabaja en almacén, una sesión sobre su propio flujo de pedidos puede resultar más útil que una introducción interminable a conceptos abstractos. Primero se practica una tarea delimitada; después se revisan errores; finalmente se comprueba si puede realizarla con autonomía. El aprendizaje necesita un resultado reconocible.

También conviene separar alfabetización digital y formación especializada. No todo el mundo necesita programar, ni toda dificultad con una plataforma exige empezar desde cero. Evaluar el punto de partida evita dos errores: imponer contenidos inaccesibles o tratar como principiante a quien ya domina buena parte del proceso.

El filtro digital también debe poder explicarse

Cuando una candidatura pasa por herramientas de clasificación automatizada, resulta tentador pensar que la tecnología ha eliminado las preferencias humanas. No podemos darlo por supuesto. El resultado dependerá de qué información se utilice, cómo se definan los criterios y qué controles existan para detectar decisiones inadecuadas.

No afirmo que todos los sistemas de selección discriminen ni que cualquier rechazo proceda de un algoritmo. Mi propuesta es que una empresa pueda responder preguntas básicas sobre su proceso: qué requisitos descartan una solicitud, por qué son necesarios y cómo se revisan los casos dudosos.

Por ejemplo, una interrupción en la trayectoria merece contexto. Puede corresponder a cuidados, enfermedad, formación u otras circunstancias. Convertir automáticamente cualquier periodo sin empleo en una señal de menor capacidad evita precisamente la conversación que permitiría valorar a la persona.

La supervisión humana debe tener contenido. Si quien revisa una clasificación se limita a aceptarla, su presencia aporta poco. Necesita entender el criterio, contrastarlo con el puesto y disponer de margen para corregirlo. Estas exigencias protegen tanto a los candidatos como a una empresa que podría estar descartando talento útil.

Perder el empleo también altera un proyecto de vida

El trabajo organiza ingresos, horarios, relaciones y expectativas. Cuando desaparece, sus efectos pueden extenderse mucho más allá de la búsqueda de una nueva nómina. En una etapa con compromisos económicos y familiares, la incertidumbre obliga a revisar decisiones que parecían asentadas.

Quien mantiene un empleo insatisfactorio también puede experimentar esa presión. Si cree que fuera apenas tendrá oportunidades, negociar un cambio, pedir reconocimiento o buscar otro proyecto se vuelve más difícil. No hace falta presentar esa situación como universal para comprender lo que implica vivirla.

El vínculo con la crisis de vivienda que analicé recientemente es claro: sostener un hogar depende también de la continuidad y suficiencia de los ingresos. Una transición laboral prolongada puede comprometer el alquiler, una hipoteca o el apoyo a otros miembros de la familia.

Conviene evitar, además, una imagen homogénea del trabajador mayor de 50 años. Las circunstancias cambian con la salud, el territorio, la cualificación, el oficio y las obligaciones de cuidado. Una propuesta que funciona para un profesional con ahorro y movilidad puede resultar inviable para quien necesita ingresos inmediatos y no puede trasladarse.

Las respuestas deberían partir de esas diferencias. Recomendar emprender, cambiar de ciudad o estudiar durante un año puede ser útil en un caso concreto. Ofrecerlo como solución general desplaza hacia la persona costes y riesgos que quizá no está en condiciones de asumir.

Lo que una empresa puede cambiar desde ahora

La primera medida consiste en revisar cómo define una vacante. Qué tareas deberá resolver la persona, qué conocimientos necesita desde el comienzo y cuáles puede adquirir después. Cuanto más concreta sea esa descripción, menos espacio habrá para valorar impresiones como parecer moderno, transmitir juventud o encajar por semejanza con el equipo.

La segunda es utilizar entrevistas comparables y pruebas proporcionadas. Pedir a los candidatos que expliquen cómo resolverían una incidencia real permite observar razonamiento y conocimientos. La prueba debe ser breve, relacionada con el puesto y respetuosa con su tiempo; no una forma de obtener trabajo gratuito.

La tercera consiste en incorporar a los profesionales experimentados a los proyectos de cambio. Quien conoce el circuito de devoluciones puede ayudar a detectar qué debe contemplar una automatización. Quien utiliza el programa a diario puede identificar dónde se duplican tareas. Escuchar estas observaciones mejora la definición del problema antes de comprar una solución.

También propondría reservar tiempo para compartir conocimientos entre generaciones. La persona que domina una herramienta puede enseñar su uso, mientras otra explica los criterios operativos que deben guiarla. Para que funcione, ambas aportaciones necesitan reconocimiento y espacio en la jornada, no depender exclusivamente de favores informales.

Finalmente, una empresa debería observar sus propios resultados. Quién recibe formación, quién accede a promociones y qué perfiles superan cada fase de selección. Las diferencias no prueban por sí solas discriminación, pero pueden señalar dónde conviene investigar. Declararse abierta a todas las edades vale menos que examinar cómo decide.

Una política de empleo que acompañe transiciones reales

A las administraciones les pediría que evaluaran la ayuda por sus resultados sostenidos. No basta con contar matrículas, diplomas o entrevistas realizadas. Interesa saber si las personas encuentran un empleo adecuado, si lo mantienen y qué obstáculos continúan apareciendo durante el proceso.

Una orientación útil debería empezar por reconocer competencias transferibles. Alguien con experiencia en compras puede aportar a la coordinación de proveedores; quien conoce postventa puede desarrollar funciones de calidad o documentación. Estas posibilidades requieren evaluación y, en ocasiones, formación adicional. No se resuelven con una lista genérica de profesiones de futuro.

También propondría mejorar el contacto entre formación y empresas del territorio. Antes de diseñar un curso, conviene saber qué tareas necesitan cubrir los empleadores y qué condiciones ofrecen. Formar sin esa conexión puede producir certificados que apenas cambien las oportunidades del participante.

Prolongar la vida laboral exige, además, atender a la calidad de los puestos. No son equivalentes una actividad físicamente exigente y otra que permite organizar esfuerzos de forma distinta. La adaptación debe considerar las funciones y las capacidades individuales, evitando convertir la edad en una presunción de incapacidad o en una obligación de resistir sin ajustes.

La responsabilidad pública consiste en ofrecer caminos transitables, no únicamente exhortaciones. Y la responsabilidad empresarial incluye construir trabajos en los que aprender, aportar y evolucionar siga siendo posible después de varias décadas de carrera.

Seguir aprendiendo sin pedir perdón por la edad

A quienes hemos superado los 50 nos corresponde una parte del esfuerzo: revisar lo que sabemos, detectar lo que necesitamos aprender y explicar nuestro trabajo con claridad. Resulta útil preparar ejemplos de decisiones, aprender una herramienta vinculada a una tarea y buscar opiniones externas sobre nuestro perfil profesional.

Ese esfuerzo puede organizarse de manera concreta. Elegir una competencia, practicarla con datos ficticios o autorizados, documentar un ejercicio y comprobar sus límites. Una pequeña demostración comprensible puede expresar mejor nuestra capacidad de adaptación que una colección de palabras de moda en el currículum.

Pero debemos rechazar una conclusión injusta: que quien no consigue empleo necesariamente se ha esforzado poco. La voluntad individual no controla las vacantes disponibles, los criterios de selección ni todas las circunstancias personales. Reconocer esa realidad permite acompañar a alguien sin convertir cada rechazo en un juicio sobre su valor.

La inteligencia artificial ofrece una ocasión para revisar cómo entendemos la competencia profesional. Podemos utilizarla para ampliar capacidades y facilitar el aprendizaje, o dejar que su introducción sirva de pretexto para apartar a quienes no recibieron medios para adaptarse. El resultado dependerá de decisiones que ya se toman en empresas y servicios de empleo.

A los 52 años no necesito que se idealice mi generación. Quiero que se evalúe lo que puedo aportar, que aprender siga teniendo sentido y que la experiencia encuentre un lugar en los nuevos procesos. Esa debería ser una aspiración normal para cualquier trabajador.

Una sociedad que pide carreras más largas debe ofrecer oportunidades durante todo ese recorrido. De lo contrario, deja a demasiadas personas en una espera difícil de justificar: todavía con años de trabajo por delante, pero sin una puerta clara por la que continuar.

Fuentes y alcance

[1] Instituto Nacional de Estadística. Encuesta de Población Activa, segundo trimestre de 2026. Publicación del 28 de julio de 2026. Datos generales de ocupación y paro, no específicos de mayores de 50 años. Consultar la nota del INE.

[2] Eurostat. EU’s employment rate grew above 76% in 2025. Publicación del 17 de abril de 2026. Tasa de empleo de la población de 20 a 64 años. Consultar Eurostat.

[3] OCDE. OECD Economic Surveys: Spain 2025, capítulo sobre trabajadores de más edad y migrantes. Publicación del 26 de noviembre de 2025. Se utilizan su diagnóstico sobre reinserción y barreras empresariales y su referencia a formación entre trabajadores de 55 a 65 años. Consultar el capítulo.

[4] OCDE. Who will be the workers most affected by AI?, 2024. Análisis de riesgos y oportunidades de la IA entre grupos de trabajadores. Consultar el estudio.

Fuentes consultadas el 29 de septiembre de 2026. Los ejemplos operativos son ilustrativos y las medidas propuestas expresan el criterio del autor. No se presentan como resultados de un experimento ni como garantías de contratación.

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