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  • Cuando un Gobierno necesita que una inteligencia artificial le recuerde que gobernar consiste en anticiparse, decidir y hacerse cargo

    Imaginemos por un momento una escena bastante absurda.

    Aunque, después de lo que pasó en Ceuta, quizá ya no lo parezca tanto.

    Son las ocho de la mañana en el Palacio de la Moncloa.

    El presidente del Gobierno entra en su despacho. Sobre la mesa tiene informes de Interior, Defensa, Guardia Civil, Policía Nacional, CNI, Exteriores y Delegación del Gobierno.

    Todos cuentan algo.

    Unos avisaron.

    Otros dicen que el aviso no estaba claro.

    Otros aseguran que sí pasaron la información.

    Y otros sostienen que nunca llegó bien.

    Mientras tanto, una ciudad española situada en el norte de África, con unos 80.000 habitantes, acaba de recibir en cuestión de horas a decenas de miles de personas procedentes de Marruecos.

    La frontera está desbordada.

    Las calles están llenas.

    Los servicios públicos empiezan a quedarse sin margen.

    Hay menores sin acompañamiento.

    Personas durmiendo en playas y espacios públicos.

    Vecinos preocupados.

    Fuerzas de seguridad agotadas.

    Y una pregunta empieza a recorrer España:

    ¿Quién estaba al mando?

    Nuestro presidente imaginario mira durante unos segundos aquella montaña de informes.

    Después hace lo mismo que hacemos millones de personas cuando no sabemos por dónde empezar.

    Abre ChatGPT.

    Y escribe:

    «Tengo una crisis migratoria en Ceuta. Han entrado decenas de miles de personas desde Marruecos. La ciudad no puede absorberlas. ¿Qué hago?»

    Quizá la respuesta de una inteligencia artificial empezaría por algo que, a veces, parece dificilísimo en política:

    reconocer lo que está pasando.


    Primera respuesta de ChatGPT: deje de discutir sobre el relato y cuente personas

    Señor presidente:

    Antes de arreglar un problema, necesita saber exactamente cuál es.

    No fueron «80.000 súbditos enviados por Marruecos», aunque quizá esa frase resulte cómoda para resumirlo todo.

    La cifra oficial española rondó las 72.000 entradas durante la gran crisis de finales de julio, aunque en los primeros días circularon estimaciones diferentes.

    Y tampoco puede darse por demostrado que el Gobierno marroquí organizara directamente la operación.

    Puede investigarlo.

    Puede pedir explicaciones.

    Puede analizar si hubo permisividad, falta de cooperación o un uso político de los flujos migratorios.

    Pero gobernar exige distinguir entre sospecha, indicio y hecho probado.

    Ahora bien, que esos puntos sigan discutiéndose no cambia lo principal:

    durante horas, el Estado español perdió el control efectivo de una frontera exterior.

    Y eso exige una respuesta.

    No dentro de seis meses.

    Ahora.


    Día 1: mando único en Ceuta

    Mi primera decisión sería bastante sencilla.

    Una crisis extraordinaria necesita una estructura de mando extraordinaria.

    Crearía de inmediato un Centro Nacional de Coordinación para Ceuta, operativo las 24 horas.

    Interior.

    Defensa.

    Exteriores.

    Inclusión.

    Política Territorial.

    Sanidad.

    Guardia Civil.

    Policía Nacional.

    Gobierno de Ceuta.

    Servicios de protección de menores.

    Inteligencia.

    Y representantes de la Unión Europea cuando haga falta.

    Una sola dirección operativa.

    Un único cuadro de situación actualizado varias veces al día.

    Una única cadena de responsabilidad.

    Porque una de las enfermedades habituales de las administraciones modernas es tener a veinte organismos perfectamente informados y a ninguna persona claramente responsable.

    Si algo sale mal, después aparecen veinte explicaciones.

    Lo que hace falta antes es alguien que pueda tomar decisiones.


    Días 1 a 3: saber exactamente quién está dentro

    No trataría a 72.000 personas como si fueran una masa indistinguible.

    Ese es uno de los grandes errores del debate migratorio.

    Entre quienes entran de forma irregular puede haber perfiles muy distintos:

    personas que necesitan protección internacional;

    menores;

    familias;

    personas vulnerables;

    ciudadanos marroquíes;

    nacionales de terceros países;

    personas que pueden ser retornadas;

    personas con documentación;

    personas sin ella.

    La primera obligación del Estado sería hacer un registro extraordinario de identificación y clasificación administrativa.

    Huella.

    Fotografía.

    Nacionalidad declarada.

    Documentación.

    Edad.

    Situación familiar.

    Solicitud o no de protección internacional.

    Necesidades sanitarias.

    Posibles antecedentes o alertas de seguridad.

    El nuevo Pacto europeo sobre Migración y Asilo, aplicable desde junio de 2026, refuerza precisamente los procedimientos de identificación y screening en las fronteras exteriores y el registro mediante Eurodac.

    Esto no es xenofobia.

    Es administración.

    Un país que no sabe quién ha entrado tampoco puede proteger bien a quien realmente lo necesita.


    Días 1 a 5: sacar la emergencia humanitaria de las calles

    Mientras se hacen esos trámites, nadie debería pasar semanas en campamentos improvisados en parques, playas o barrios.

    Ni por dignidad humana.

    Ni por convivencia.

    Ni por seguridad.

    Ni por higiene.

    Ni por respeto a los propios vecinos de Ceuta.

    Habilitaría instalaciones temporales suficientes, con atención sanitaria, comida, identificación y seguridad.

    Pero pondría una condición muy clara:

    Ceuta no puede convertirse en un gigantesco centro de espera.

    La ciudad tiene una limitación geográfica evidente.

    No está conectada por tierra con el resto de España.

    Su capacidad residencial, sanitaria, policial y administrativa es limitada.

    Así que el Estado debe asumir directamente esa presión extraordinaria.

    La crisis no puede convertirse en «el problema de los ceutíes».

    Es un problema nacional.


    Días 3 a 10: tres caminos jurídicos, no uno

    Después de identificar a las personas empezaría el trabajo de verdad.

    Cada una debería entrar rápidamente en uno de tres procedimientos.

    Camino 1: protección internacional

    Quien pida asilo tiene derecho a que su situación se estudie de forma individual.

    España no puede hacer devoluciones colectivas indiscriminadas.

    El Estado de Derecho también funciona cuando resulta incómodo.

    Camino 2: retorno

    Quienes no tengan derecho a quedarse en España y puedan ser retornados legalmente deben entrar de inmediato en un procedimiento de retorno.

    España cuenta además con un acuerdo de readmisión con Marruecos firmado en 1992 y plenamente en vigor desde 2012 para determinados extranjeros que hayan entrado irregularmente desde territorio marroquí, siempre sujeto a las condiciones del propio acuerdo.

    Camino 3: menores y personas vulnerables

    Los menores no acompañados necesitan un procedimiento específico.

    Protección.

    Determinación de edad cuando haya una duda razonable.

    Identificación.

    Búsqueda familiar.

    Cooperación consular.

    Y, cuando corresponda legalmente, distribución territorial de su atención.

    Lo que no haría sería mezclar durante meses los tres grupos dentro del mismo problema administrativo.

    Eso convierte una emergencia manejable en una crisis permanente.


    Días 1 a 7: una conversación muy distinta con Marruecos

    Después llamaría a Rabat.

    Pero no para intercambiar declaraciones amables.

    Plantearía una reunión bilateral extraordinaria con objetivos concretos y medibles.

    España y Marruecos tienen intereses comunes enormes:

    comercio;

    seguridad;

    terrorismo;

    pesca;

    migración;

    aduanas;

    cooperación policial;

    inversiones;

    infraestructuras;

    relaciones con la Unión Europea.

    Una relación estratégica significa precisamente que las obligaciones también tienen que serlo.

    Mi mensaje sería sencillo:

    España quiere una relación estable con Marruecos.

    Pero una frontera estable necesita cooperación por los dos lados.

    Pondría sobre la mesa compromisos verificables sobre vigilancia fronteriza, intercambio de inteligencia, lucha contra las redes de tráfico, readmisiones y prevención de nuevas concentraciones masivas.

    Y llevaría el asunto al mismo tiempo a Bruselas.

    Porque la frontera de Ceuta no es solo una frontera española.

    Es una frontera exterior de la Unión Europea.


    Días 1 a 15: Europa entra en Ceuta

    Uno de los errores históricos de España ha sido presentar algunos problemas migratorios como si fueran asuntos casi exclusivamente nacionales.

    No lo son.

    Una entrada masiva por Ceuta puede provocar después movimientos hacia Francia, Italia, Alemania o cualquier otro país europeo.

    De hecho, la crisis ya ha tenido consecuencias en el espacio Schengen y algunos países han reaccionado ante el riesgo de movimientos secundarios.

    Por eso pediría:

    apoyo operativo europeo;

    financiación extraordinaria;

    personal especializado;

    refuerzo tecnológico;

    cooperación para los retornos;

    intercambio de inteligencia;

    y participación de las agencias europeas competentes.

    Ceuta debe convertirse en una prioridad europea como frontera exterior.


    Días 1 a 30: reforzar la frontera sin convertirla en una fortaleza medieval

    Una frontera del siglo XXI no se protege solo poniendo más agentes detrás de una valla.

    Hace falta inteligencia.

    Drones.

    Sensores.

    Videovigilancia.

    Análisis de redes sociales.

    Detección de concentraciones.

    Sistemas marítimos.

    Información compartida.

    Capacidad de reacción rápida.

    La gran pregunta después de Ceuta no debería ser únicamente:

    «¿Por qué entraron?»

    También debería ser:

    «¿Por qué, si había indicios previos, el sistema no pudo reaccionar a tiempo?»

    Reuters informó de que documentos conocidos posteriormente reflejaban avisos del CNI sobre posibles movimientos masivos antes de los acontecimientos. El debate actual gira precisamente en torno a cómo circularon esas advertencias y si se valoraron bien.

    Eso merece una investigación independiente.

    No para montar una ceremonia nacional de búsqueda de culpables.

    Sino porque un Estado que no aprende de una crisis está preparando la siguiente.


    Y ahora viene la parte que probablemente ningún político quiere escuchar

    Señor presidente:

    usted no puede solucionar la inmigración en treinta días.

    Ni usted.

    Ni Marruecos.

    Ni Bruselas.

    Ni ChatGPT.

    La inmigración hacia Europa está impulsada por diferencias económicas enormes, crecimiento demográfico, conflictos, redes criminales, expectativas sociales, inestabilidad política y desigualdad entre continentes.

    Prometer que va a «solucionarla» sería engañar a la gente.

    Pero hay algo que sí puede conseguir en treinta días:

    resolver la emergencia de Ceuta.

    Son cosas distintas.

    En treinta días, una Administración competente debería poder conseguir:

    que nadie siga abandonado en las calles;

    que todas las personas estén identificadas;

    que los menores estén protegidos;

    que las solicitudes de protección estén clasificadas;

    que los procedimientos de retorno hayan empezado;

    que Marruecos tenga compromisos verificables;

    que Europa participe;

    que la frontera esté reforzada;

    que exista un plan de contingencia para una nueva oleada;

    y que los ciudadanos de Ceuta recuperen una vida razonablemente normal.

    Ese sería mi objetivo.

    No prometer que la inmigración ha desaparecido.

    Recuperar el control de la situación.


    También protegería a los ceutíes

    Hay algo especialmente importante que muchas veces se olvida.

    Cuando hablamos de una crisis migratoria, hablamos constantemente de quienes llegan.

    Y debemos hacerlo.

    Pero también están quienes ya estaban allí.

    Familias.

    Comerciantes.

    Trabajadores.

    Niños.

    Ancianos.

    Policías.

    Guardias civiles.

    Sanitarios.

    Personas que un jueves se acostaron viviendo en una ciudad española normal y se despertaron dentro de una crisis internacional.

    El Estado también tiene obligaciones con ellas.

    Crearía un programa económico extraordinario para Ceuta:

    compensaciones por daños acreditados;

    refuerzo sanitario;

    refuerzo educativo;

    más policía;

    limpieza;

    servicios sociales;

    apoyo psicológico cuando haga falta;

    ayudas a los comercios directamente perjudicados;

    y financiación estatal extraordinaria.

    La solidaridad no puede consistir en decirle a una población:

    «Tenéis que entender la situación».

    La solidaridad consiste en que el resto del país comparta sus consecuencias.


    Día 30: comparecencia ante los españoles

    Treinta días después comparecería públicamente.

    Sin eslóganes.

    Sin culpar automáticamente a la oposición.

    Sin decir que todo fue culpa de Marruecos si todavía no puedo demostrarlo.

    Sin presentar cualquier crítica como xenofobia.

    Y sin presentar cualquier preocupación por la inmigración como racismo.

    Daría cifras.

    Cuántas personas entraron.

    Cuántas siguen allí.

    Cuántas fueron identificadas.

    Cuántas pidieron protección.

    Cuántas fueron retornadas.

    Cuántos menores hay.

    Cuánto dinero costó.

    Qué avisos recibió el Gobierno.

    Quién los recibió.

    Qué decisiones se tomaron.

    Qué falló.

    Y qué hemos cambiado para que no vuelva a pasar.

    Eso se llama rendir cuentas.

    Una expresión sorprendentemente revolucionaria en la política actual.


    El verdadero problema de Ceuta quizá no sea solo migratorio

    Volvamos a nuestro presidente imaginario.

    Ha terminado de leer la respuesta de ChatGPT.

    Mira otra vez la montaña de informes que tiene sobre la mesa.

    Y entonces descubre algo incómodo.

    La inteligencia artificial no le ha dado ninguna solución mágica.

    No existe.

    Simplemente le ha dicho que haga aquello para lo que los ciudadanos llevan siglos creando gobiernos:

    anticiparse;

    coordinar;

    proteger;

    negociar;

    hacer cumplir la ley;

    administrar recursos;

    dar explicaciones;

    y asumir responsabilidades cuando algo falla.

    Quizá por eso esta historia resulta inquietante.

    Porque si un Gobierno necesitara preguntarle a una inteligencia artificial qué hacer ante una crisis así, probablemente la respuesta más incómoda de la máquina sería:

    «Gobierne».

    No hace falta una inteligencia artificial para entender que una ciudad de 80.000 habitantes no puede absorber indefinidamente una presión migratoria equivalente a una parte enorme de su propia población.

    Tampoco hace falta una IA para entender que quienes llegan son seres humanos y tienen derechos.

    Las dos cosas pueden ser verdad al mismo tiempo.

    Defender una frontera no significa deshumanizar a quien intenta cruzarla.

    Defender los derechos humanos tampoco significa renunciar al control fronterizo.

    Entre el «que entre todo el mundo» y el «que no entre nadie» hay algo bastante menos emocionante para las redes sociales, pero mucho más útil para gobernar:

    la ley, la gestión y el sentido común.

    Ceuta necesita las tres.

    Y quizá España también.

    Treinta días

    Si tuviera que resumir todo el plan en una frase, sería esta:

    Día 1: recuperar el mando.
    Día 3: saber quién está dentro.
    Día 7: activar retornos, asilo y protección de menores por vías separadas.
    Día 10: aliviar la presión sobre Ceuta.
    Día 15: implicar de verdad a Marruecos y a Europa.
    Día 30: ciudad normalizada, frontera reforzada y Gobierno explicando públicamente qué ocurrió y quién asumirá las responsabilidades.

    No habremos acabado con la inmigración.

    Pero habremos acabado con algo igual de peligroso:

    la sensación de que nadie gobierna.