Herbert Marcuse en la era del algoritmo: lo que el filósofo de 1968 diría del siglo XXI y de la izquierda que hoy gobierna España

Por Vidal Gamonales Gaspar

Introducción: un filósofo que volvió sin haberse ido

Pocos pensadores del siglo XX han vivido una trayectoria tan extraña como la de Herbert Marcuse (Berlín, 1898 – Starnberg, 1979). Discípulo de Heidegger, miembro de la Escuela de Frankfurt, exiliado en Estados Unidos por el nazismo, analista de inteligencia para el gobierno estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial y, finalmente, profesor universitario convertido casi sin quererlo en icono de la revuelta estudiantil de 1968. Los manifestantes de París y Berlín llegaron a resumir su santoral en tres emes: Marx, Mao y Marcuse.

Durante décadas pareció un autor archivado, un producto de su época. Sin embargo, en los últimos años su nombre ha vuelto con fuerza desde dos direcciones opuestas. Por un lado, quienes estudian la economía de la atención, la adicción a las redes sociales y el poder de los algoritmos encuentran en su obra una anticipación sorprendente. Por otro, sectores conservadores lo señalan como uno de los padres intelectuales de la actual izquierda cultural. Ambas lecturas merecen un análisis sereno.

Este artículo recorre sus ideas principales en su contexto histórico, las traslada al siglo XXI y, finalmente, las contrasta con la acción y el discurso de la izquierda que gobierna hoy España, señalando tanto las afinidades como las contradicciones, que son muchas.

1. Las ideas de Marcuse en su época

Eros y civilización: la represión que sobra

En Eros y civilización (1955), Marcuse dialoga con Freud. Freud había sostenido que toda civilización exige reprimir los instintos: sin renuncia no hay cultura. Marcuse acepta la premisa, pero introduce una distinción decisiva entre la represión básica, necesaria para la convivencia, y lo que llama represión excedente: la renuncia adicional que no exige la supervivencia colectiva sino la dominación de un sistema social concreto.

A esa lógica la denomina principio de rendimiento: una sociedad organizada en torno a la productividad, la competencia y el trabajo alienado, que exige a los individuos más sacrificio del que la técnica disponible haría necesario. Su tesis era casi utópica: el desarrollo tecnológico había alcanzado un nivel en el que la humanidad podría reducir drásticamente el trabajo penoso y liberar tiempo para el juego, el arte y la realización personal. Si no ocurría, no era por escasez, sino por la forma en que se organizaba la sociedad.

El hombre unidimensional: la jaula confortable

Su obra más influyente, El hombre unidimensional (1964), es un diagnóstico de la sociedad industrial avanzada, tanto capitalista como soviética. Su argumento central es incómodo: las sociedades opulentas no controlan a sus ciudadanos principalmente mediante la represión violenta, sino mediante la satisfacción. El confort, el consumo y el entretenimiento integran a las personas en el sistema hasta el punto de que desaparece la capacidad de imaginar alternativas.

De ahí surgen varios conceptos que siguen siendo muy citados. El primero es la distinción entre necesidades verdaderas y falsas: las falsas son las que se imponen desde fuera por intereses particulares, perpetúan el trabajo alienado y la agresividad, y sin embargo el individuo las vive como propias. El segundo es la racionalidad tecnológica: la técnica deja de ser neutral y se convierte en forma de dominio, porque todo se evalúa en términos de eficiencia y lo que no es medible pierde legitimidad. El tercero es el cierre del universo del discurso: el lenguaje público se vuelve operativo, publicitario, y pierde su capacidad crítica; las palabras dejan de nombrar contradicciones.

Otro hallazgo notable fue la desublimación represiva. Marcuse observó que la liberalización sexual y cultural de su tiempo no necesariamente liberaba: podía convertirse en otra mercancía, una permisividad controlada que canaliza el deseo hacia el consumo y neutraliza su potencial crítico.

Por último, Marcuse constató algo que desconcertó a la izquierda ortodoxa: la clase obrera occidental, con su coche, su televisor y su convenio colectivo, se había integrado en el sistema. El sujeto revolucionario de Marx ya no parecía serlo.

La tolerancia represiva: su ensayo más polémico

En 1965 publicó Tolerancia represiva, su texto más discutido. Sostenía que, en una sociedad desigual, la tolerancia abstracta e indiscriminada no es neutral: al tratar por igual a todas las posiciones en un espacio mediático dominado por los poderosos, termina favoreciendo el statu quo. Propuso una tolerancia liberadora, que sería tolerante con los movimientos emancipadores y restrictiva con los que considerase regresivos o agresivos.

Es el punto en el que sus críticos concentran sus objeciones, y con razón: ¿quién decide qué movimiento es liberador y cuál regresivo? La pregunta sigue abierta y volverá a aparecer en este artículo.

El gran rechazo y los nuevos sujetos

Si la clase obrera estaba integrada, ¿quién podía transformar la sociedad? En Un ensayo sobre la liberación (1969) Marcuse señaló a quienes estaban fuera del sistema o en sus márgenes: estudiantes, minorías raciales, movimientos anticoloniales, intelectuales disidentes. Habló de una nueva sensibilidad, estética y moral, y de un gran rechazo a la lógica dominante.

Conviene subrayar, porque suele olvidarse, que Marcuse fue también crítico con parte de la Nueva Izquierda: en Contrarrevolución y revuelta (1972) advirtió contra el antiintelectualismo, el activismo ciego y la ilusión de cambiar el mundo solo mediante la transformación del estilo de vida. Y en su último libro, La dimensión estética (1977), defendió la autonomía del arte frente a la literatura de propaganda, incluida la de izquierdas.

2. Marcuse exportado al siglo XXI

De la televisión al algoritmo

Si El hombre unidimensional se escribiera hoy, su capítulo central no hablaría de anuncios televisivos, sino de plataformas digitales. La idea de las necesidades falsas, que muchos consideraron en su día paternalista, encuentra un correlato empírico en la economía de la atención: sistemas diseñados deliberadamente para generar hábitos compulsivos mediante el scroll infinito, las notificaciones y las recompensas variables. Los litigios contra grandes plataformas por diseño adictivo, especialmente en menores, son en cierto modo la traducción judicial de una intuición marcusiana: el deseo puede fabricarse desde fuera y vivirse como propio.

La desublimación represiva también ha encontrado terreno fértil. La exhibición permanente de la intimidad, la sexualización mercantil de la identidad o la cultura del influencer, que convierte la vida personal en producto, encajan con la advertencia de que la permisividad puede ser otra forma de control cuando está organizada por el mercado.

La racionalidad tecnológica y la inteligencia artificial

Para quienes trabajamos implantando inteligencia artificial en entornos productivos, Marcuse plantea una pregunta que no debería despacharse con rapidez: ¿la técnica es neutral? Su respuesta era que no, porque incorpora los fines de quien la diseña. Hoy, un modelo de lenguaje, un sistema de puntuación crediticia o un algoritmo de gestión de repartidores no solo ejecutan tareas: definen qué es relevante, qué es eficiente y qué queda fuera de la medición.

Al mismo tiempo, la IA reabre la vertiente optimista de Marcuse. Si la automatización puede absorber una parte creciente del trabajo repetitivo, la pregunta de Eros y civilización vuelve con una actualidad inesperada: ¿se traducirá la productividad en más tiempo libre y mejor vida, o en más intensidad, más vigilancia y más rendimiento exigido? La tecnología no decide la respuesta; la decide la organización social.

¿Unidimensionalidad o fragmentación?

Aquí conviene matizar a Marcuse. Él temía una sociedad homogénea, sin oposición. El siglo XXI parece mostrar lo contrario: polarización extrema, burbujas informativas, guerras culturales permanentes. Sin embargo, puede argumentarse que la fragmentación no contradice su diagnóstico, sino que lo actualiza: muchas voces, mucho ruido y muy poca capacidad para pensar alternativas estructurales. Abundan las identidades enfrentadas; escasean los debates de fondo sobre el modelo productivo, el trabajo o el sentido del crecimiento.

De los márgenes a las identidades

La apuesta de Marcuse por nuevos sujetos de cambio, más allá de la clase obrera, anticipó uno de los grandes giros de la izquierda occidental: el paso de una política centrada en la clase a una política que incorpora el feminismo, el ecologismo, los derechos LGTBI y las minorías. Es aquí donde se origina buena parte del debate contemporáneo. Para sus defensores, Marcuse ayudó a ampliar el horizonte emancipador. Para sus críticos, contribuyó a que la izquierda abandonara a los trabajadores en favor de causas culturales, abriendo un espacio que hoy ocupan en parte los populismos de derecha.

Conviene añadir una advertencia: la etiqueta de «marxismo cultural», muy usada para presentar a Marcuse como arquitecto de un plan deliberado, simplifica en exceso. Su influencia fue real, pero difusa, académica y a menudo contradictoria, y muchos de los movimientos que se le atribuyen tienen raíces propias e independientes.

La tolerancia represiva en tiempos de moderación de contenidos

Ningún texto de Marcuse resulta más vigente, ni más inquietante, que Tolerancia represiva. Los debates actuales sobre desinformación, discursos de odio, moderación en plataformas o «cultura de la cancelación» giran en torno a la misma pregunta: ¿debe una democracia ser tolerante con quienes utilizan sus libertades para socavarla? La paradoja de la tolerancia de Karl Popper ofrece una respuesta liberal más restrictiva: limitar solo a quienes rechazan el debate racional y recurren a la violencia. La de Marcuse es más amplia y, por ello, más peligrosa en manos de cualquier poder, porque desplaza a la autoridad la decisión sobre qué ideas son legítimas.

3. Marcuse ante la izquierda que gobierna España

El contexto

España está gobernada desde noviembre de 2023 por una coalición entre el PSOE y Sumar. Pedro Sánchez fue investido presidente el 16 de noviembre de 2023 tras un acuerdo de gobierno entre ambas formaciones y el apoyo externo de ERC, Junts, EH Bildu, PNV, BNG y CC, en un Ejecutivo de coalición en minoría parlamentaria, con Podemos fuera del Consejo de Ministros. En marzo de 2026, tras la salida de María Jesús Montero para concurrir a las elecciones andaluzas, Carlos Cuerpo fue nombrado vicepresidente primero, manteniendo la cartera de Economía, Comercio y Empresa. Este mes, Sánchez ha reiterado su intención de presentar los Presupuestos Generales y agotar la legislatura, aunque sin descartar convocar elecciones en función del interés general.

Extrapolar a Marcuse a este Gobierno exige una precaución previa: ninguno de los partidos de la coalición se reclama marcusiano. El PSOE es un partido socialdemócrata integrado en la tradición europea del Estado del bienestar, y Sumar agrupa corrientes de izquierda diversas. El ejercicio que sigue es, por tanto, interpretativo: dónde se reconocen ecos de sus ideas y dónde Marcuse sería, probablemente, uno de sus críticos más severos.

Donde aparecen los ecos

El eco más evidente está en la ampliación de la agenda política más allá de la clase. La centralidad del feminismo, las políticas de igualdad, la legislación sobre derechos LGTBI, la agenda climática o la ley de bienestar animal responden a esa lógica de nuevos sujetos y nuevas sensibilidades que Marcuse identificó en 1969. Sus defensores ven en ello una modernización de derechos; sus detractores, una política de identidades que ha desplazado preocupaciones materiales como la vivienda o el poder adquisitivo.

El segundo eco está en la crítica del tiempo de trabajo. La propuesta de reducir la jornada legal a 37,5 horas, impulsada por Sumar desde el Ministerio de Trabajo, conecta con la tesis de Eros y civilización: el aumento de productividad debería traducirse en tiempo liberado. Que la iniciativa fuera tumbada en el Congreso en 2025 ilustra también lo que Marcuse habría señalado: los límites que impone el sistema a cualquier reforma que toque el principio de rendimiento. Desde la perspectiva empresarial, especialmente de pymes con márgenes estrechos, la objeción es igualmente legítima: reducir la jornada sin ganancias previas de productividad puede traducirse en costes que no todos los sectores pueden absorber.

El tercer eco es la regulación del entorno digital. Las iniciativas del Gobierno para proteger a los menores en internet, limitar su acceso a redes sociales y exigir responsabilidades a las plataformas parten de un diagnóstico cercano al de las necesidades falsas: el deseo de consumir contenido no siempre es libre cuando ha sido diseñado para generar dependencia.

Donde aparecen las tensiones

Aquí el análisis se vuelve más interesante, porque en varios puntos Marcuse sería un crítico de la izquierda de gobierno tan duro como la oposición, aunque por razones distintas.

La primera tensión es la integración socialdemócrata. Marcuse describió precisamente a los partidos obreros europeos como gestores del sistema que habían renunciado a transformarlo. Un Gobierno que presume de crecimiento económico, atracción de capital y buenos datos de empleo está operando dentro del principio de rendimiento, no contra él. Recientemente, Sánchez ha destacado la buena imagen internacional de España y su posición como principal destino de inversión de Europa: un argumento razonable en términos de gestión, pero que Marcuse habría leído como prueba de integración. Para el Gobierno, esto no es una contradicción sino su proyecto: redistribuir los frutos del crecimiento dentro de una economía de mercado.

La segunda tensión es la desublimación represiva de la propia política. Marcuse advertía que el sistema absorbe la protesta y la convierte en imagen, eslogan y producto. La comunicación política actual, de todos los partidos, está dominada por el marco, el vídeo corto y la confrontación emocional. La izquierda gobernante no es una excepción: la batalla cultural en redes puede funcionar, en términos marcusianos, como sustituto simbólico de transformaciones materiales más difíciles, como el acceso a la vivienda, un problema que, pese a la Ley de Vivienda de 2023, sigue siendo la principal preocupación de buena parte de los jóvenes.

La tercera tensión, y la más delicada, es la tolerancia represiva aplicada desde el poder. Las medidas del Gobierno contra la desinformación y su plan de acción por la democracia, que incluye propuestas sobre transparencia de medios, son presentadas por el Ejecutivo como protección del debate público frente a bulos y manipulación. La oposición, varias asociaciones de prensa y juristas han visto en algunas de ellas un riesgo de control político sobre medios críticos. Aquí la lección de Marcuse funciona en ambas direcciones: su ensayo sirve para justificar límites a los discursos regresivos, pero su propia historia demuestra que el criterio de qué es regresivo depende de quién tiene el poder de decidirlo. Un marcusiano coherente debería desconfiar de cualquier gobierno, incluido uno de izquierdas, que se atribuya esa función.

La cuarta tensión es el abandono de la base material. La crítica que la izquierda sindical y ciertos sectores de Sumar y Podemos dirigen al PSOE, y que también se dirige a la izquierda en su conjunto desde el populismo de derecha, es la de haber priorizado agendas culturales frente a salarios, vivienda y servicios públicos en territorios olvidados. En regiones como Extremadura, donde la despoblación, el déficit de infraestructuras y la dependencia económica son problemas estructurales, esa crítica tiene un eco especialmente fuerte. Marcuse no la resolvería: él mismo contribuyó a ese desplazamiento del sujeto político.

4. Las objeciones a Marcuse que conviene no olvidar

Un análisis profesional exige recoger también a sus críticos. Leszek Kołakowski lo acusó de elitismo: si la mayoría vive engañada por falsas necesidades, alguien, una minoría ilustrada, debe decidir cuáles son las verdaderas, y ese razonamiento tiene un historial político preocupante. Alasdair MacIntyre le reprochó falta de rigor empírico y de propuestas concretas. Jürgen Habermas, heredero de la misma escuela, optó por un camino distinto: en lugar de una crítica total de la sociedad, una teoría de la democracia basada en la deliberación pública y en reglas de procedimiento compartidas. Desde la tradición liberal, figuras como Isaiah Berlin o Popper advirtieron del peligro de concebir la libertad como algo que debe imponerse al individuo «por su propio bien».

A ello se suma una objeción práctica: las sociedades de mercado que Marcuse describía como jaulas confortables han reducido la pobreza extrema, ampliado derechos y mantenido libertades que los sistemas alternativos de su época negaron sistemáticamente, algo que él mismo reconoció al criticar el modelo soviético.

Conclusión: una herramienta, no un programa

Marcuse no ofrece un programa de gobierno, ni para la izquierda ni para nadie. Ofrece algo más útil y más incómodo: una batería de preguntas. ¿Nuestras necesidades son realmente nuestras? ¿La tecnología nos libera tiempo o nos exige más rendimiento? ¿Nuestra libertad de elegir entre muchas opciones oculta la ausencia de opciones de fondo? ¿Quién decide los límites de lo tolerable en el debate público?

Aplicadas a la izquierda que gobierna España, esas preguntas revelan una relación ambivalente. Hay ecos claros en su agenda de derechos, en el debate sobre el tiempo de trabajo y en la regulación de las plataformas digitales. Pero también hay tensiones evidentes: un proyecto socialdemócrata que gestiona el crecimiento dentro del mercado, una comunicación política tan espectacularizada como la de sus rivales y una tentación, compartida por cualquier poder, de definir desde arriba qué discursos merecen protección.

Quizá la lección más valiosa de Marcuse para el siglo XXI no sea política, sino práctica: desconfiar de lo que resulta demasiado cómodo. En una época en la que la inteligencia artificial, los algoritmos y la hiperconexión prometen hacernos la vida más fácil, la pregunta que planteó hace sesenta años sigue sin respuesta: más fácil, sí, pero ¿más libre?


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